Vacío, opacidad, silencio, oscuridad.
El estupor azota la calma de mi alma, me vapulea y me estrella contra la marea, sumergiéndome en lo más profundo de la mar que hoy se le antoja ser la más alta y alborotada de las habidas que tienen cabida.
La memoria se ha vuelto demente de repente y descubro para mi pasmoso asombro, que no sé nadar.
Nadie en derredor se despide cortésmente, no sin antes, sembrar el horror.
Después de tanto tiempo, esfuerzo y esmero en colocar cuidadosamente cada pieza en la estantería de marfil que esculpe con precisión y mesura todos los respectivos huesos y tendones que conforman mi cuerpo, en una ardua y minuciosa tarea que algunos saben, sin embargo, todos ignoran, lo inconmensurable que, de mí, allí quedó y me vació.
Me apetece quedarme aquí abajo, tan adentro y profundamente hundida en las penumbras que ya no se alumbran.
Permanecer inmóvil, mientras las olas guían mis pasos en el baile de la vida o ¿acaso es la danza de la muerte inerte?.
Solo deseo dejarme arrastrar por las corrientes marinas y ceder a su merced.
Claudicar ante las bestias marinas y permitir que la vida siga su curso natural, pero esta vez, sin oponer resistencia a mi conocida persistencia y así dar sentido a mi existencia.
Que la vida decida.
By Wendy
Que la vida decida, no siempre, a veces merece la pena luchar.
Hola mi querido Jesús.
En ocasiones no quedan fuerzas y una se cansa de luchar, pero esto es solo a veces …